Mexicali.- La desesperación de una madre suele medirse en silencios, desde el teléfono que no vuelve a sonar, las noches sin dormir y las preguntas que nadie sabe responder; desde hace varios días, Marisela Esparza vive en ese estado de espera permanente, su hijo, Cristian Esteban García Esparza, de 35 años, desapareció tras ser sacado por la fuerza de su propio domicilio en la colonia Los Encinos, desde entonces, cada día transcurre entre llamadas, recorridos y la esperanza de encontrar alguna pista.
La última vez que lo vio fue la noche del miércoles pasado, Cristian estaba en casa. Nada parecía fuera de lo común, a la mañana siguiente, vecinos tocaron a su puerta para preguntarle si había escuchado algo durante la madrugada, le dijeron que varias personas habían entrado al domicilio y se lo llevaron a la fuerza. Marisela recuerda que en ese momento no lo creyó del todo. Salió a trabajar intentando convencerse de que se trataba de un error o de un rumor mal entendido.

Pero las horas comenzaron a pesar y la ausencia empezó a sentirse real; esa misma tarde decidió acudir a la fiscalía para denunciar la desaparición de su hijo. No imaginaba que, horas después, volvería a escuchar su voz.
Primero llegó un mensaje desde el teléfono de Cristian, luego una llamada. Él le dijo que estaba bien, que no se preocupara. Según le explicó, se encontraba en la zona del Valle de Puebla porque se había escondido tras escuchar que “andaban levantando gente”. Marisela recuerda cada palabra con precisión. También recuerda el instante en que algo cambió en la conversación.

“Me manda un mensaje de texto por su WhatsApp y me pone unas palabras, este que él estaba bien, que estaba con unas amigas y en la forma en que escribió el texto no le creí porque no es la forma en que él escribe y empecé a escribirle un texto y le dije “por favor si tienen a mi hijo no le hagan daño” y lo dejaron marcarme por WhatsApp y me dijo “ey mami estoy bien, tú no te preocupes yo estoy bien”, recordó.
Le dijo que ya había acudido a denunciar su desaparición, hubo un silencio breve. La llamada se cortó, minutos después volvió a marcarle, repitió que estaba bien y que regresaría a casa, incluso le pidió perdón por preocuparla.

“Dice, me vine a esconder porque me dijeron que andaban levantando gente y me vine a esconder. Eso fue todo lo que me dijo, pero ya voy para mi casa, no te preocupes, perdóname”, fue la última vez que escuchó su voz, desde entonces, el teléfono permanece apagado.
Los días siguientes han sido una sucesión de búsquedas y llamadas. La familia recibió incluso un mensaje anónimo que afirmaba que Cristian habría sido abandonado cerca del campo deportivo de la colonia Robledo. La noticia los llevó hasta ese punto con una mezcla de miedo y esperanza. Equipos de búsqueda, voluntarios y autoridades recorrieron la zona con drones, perros de rastreo y exploraciones en tierra. Revisaron lotes, caminos y áreas con tierra removida. No encontraron nada.

“Al momento en que le dije ya fui a Fiscalía a denunciar, todo desapareció, se quedó por un momento callado, como que dijo: “si fue a levantar denuncia ya no me van a dejar volver a mi casa”, eso fue lo que sentí en el momento y lo sigo sintiendo y me siento culpable de decir, si a lo mejor no les hubiera dicho que levanté denuncia, a lo mejor lo hubieran soltado”, explicó.
Cristian mide aproximadamente 1.65 metros, es moreno, de complexión muy delgada y tiene varios tatuajes: el nombre “Marisela” en un brazo, la palabra “Quince” en el otro, dos caras, una triste y otra sonriente, en la pantorrilla. Rasgos que hoy su madre repite una y otra vez, como si cada descripción fuera también una forma de mantenerlo presente.

En un país donde miles de familias buscan a un ser querido desaparecido, su historia se suma a una lista que crece con el tiempo; historias de madres que recorren calles, oficinas y campos con una fotografía en las manos y una esperanza que se resiste a apagarse.
“Yo quiero encontrarlo vivo y quiero que me lo entreguen las personas que se lo hayan llevado de mi en mi casa”, en esa frase, breve pero cargada de dolor, cabe la dimensión de una búsqueda que apenas comienza, porque para una madre, incluso cuando todo parece perdido, dejar de buscar nunca es una opción.


