Tradición contra inmediatez; el oficio de reparar calzado sobrevive ante el impulso de lo desechable

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Mexicali.- En tiempos donde lo desechable se impone con la velocidad de una compra en línea, hay oficios que resisten casi en silencio, no presumen modernidad, pero sostienen algo más profundo, la tradición de un conocimiento que se transmite con las manos y Miguel Ángel Guzmán es parte de esa resistencia.

Desde los 10 años, su historia quedó ligada a la reparación de calzado ya que inició como ayudante “chalán”, haciendo lo más básico, desde bolear, limpiar, pintar; lo que siguió no fue un ascenso inmediato, sino un proceso lento, casi metódico, donde cada técnica se aprendía con repetición y paciencia para cambiar suelas, ajustar tacones, reconstruir piezas dañadas.

Durante 12 años trabajó con quien considera su maestro, en un taller donde el conocimiento no se enseñaba en manuales, sino en la práctica diaria; ahí entendió que el oficio no sólo consiste en reparar objetos, sino en interpretar materiales, desgaste y uso.

A los 31 años decidió independizarse y hoy, con 45, dirige un taller en la colonia Conjunto Urbano Esperanza que lleva más de una década operando, sin embargo, el contexto ha cambiado. La lógica del consumo actual, rápida, inmediata, reemplazable, ha ido desplazando la cultura de la reparación.

“primero pues era chalán ayudaba ahí a un señor donde aprendí, ya con el tiempo pues me fui quedando ya en esto, pues toda la vida me dediqué a reparar calzado”, lo que para él es resultado de décadas de experiencia, para el mercado es cada vez menos relevante frente a productos baratos y desechables.

En su taller no sólo se arreglan zapatos, también se restauran bolsas, mochilas, cinturones y maletas; incluso realiza adaptaciones ortopédicas que van desde plantillas, aumentos para compensar diferencias en la longitud de los pies, ajustes que impactan directamente en la movilidad de las personas. Es un trabajo especializado que difícilmente se reemplaza con producción en serie.

Sus hijos, de 26 y 19 años, participan en el negocio; uno atiende a los clientes, mientras su prima se encarga del mostrador, no obstante, la transmisión del oficio no está garantizada. Uno de sus hijos ya tomó otro camino.

Los tiempos de entrega son de 24 horas en la mayoría de los casos, hasta tres días en trabajos complejos, contrastan con la inmediatez que domina otros sectores, pero en realidad es parte del valor, pues cada pieza requiere atención, criterio y técnica.

“Ahorita ya todo, como ya tenemos experiencia, todo se me hace fácil, ya todo es práctica, mi trabajo me gusta así en general”, explica Miguel Ángel quien nunca consideró dedicarse a otra cosa, su permanencia trasciende por una convicción personal que hoy parece poco común.

En un entorno donde reparar se vuelve excepción y desechar la norma, su taller plantea una postura de fondo, no es sólo un negocio, es un punto de resistencia frente a la obsolescencia acelerada. Porque cada suela que se reemplaza, cada costura que se rehace, no sólo prolonga la vida de un objeto, también mantiene vigente un conocimiento que, de no transmitirse, corre el riesgo de desaparecer.