San Felipe, B.C. – En las costas cálidas y extensas del puerto de San Felipe, un grupo de habitantes ha encontrado en la conservación una forma de honrar su historia y proteger su futuro, son los Vigilantes Ambientales Comunitarios en Protección de Tortugas Marinas, una agrupación ciudadana que, sin recursos oficiales, ha dedicado casi dos décadas a salvaguardar una especie que alguna vez fue perseguida, y que hoy representa esperanza.

Encabezados por José Luis Galindo Morales, pescador y nieto de uno de los primeros pobladores del puerto, los vigilantes realizan desde enero actividades de educación ambiental, monitoreo y limpieza de playas para preparar el terreno donde las tortugas marinas llegan cada año a anidar. “Venimos de generaciones que vivieron de la pesca, ahora nos toca proteger lo que aún sobrevive”, expresa Galindo con orgullo.

Durante esta temporada, que se intensifica de mayo a agosto, ya han identificado 26 ejemplares en zonas de alimentación, si bien aún no han comenzado los registros de anidación, cada día se intensifica la vigilancia para asegurar que, cuando llegue el momento, las condiciones sean óptimas para el desove.

Pero la tarea no ha sido sencilla. Aunque el consumo de huevos y carne de tortuga ha disminuido, nuevas amenazas emergen: plásticos enterrados en la arena, fragmentos invisibles al ojo humano pero letales para la especie; perros callejeros que atacan nidos y ejemplares; coyotes que, siguiendo su instinto, alteran los ciclos de reproducción.

A pesar de ello, el grupo no se detiene. Voluntarios acuden a escuelas para hablar de la importancia del equilibrio ecológico, organizan jornadas de limpieza y participan en eventos públicos donde comparten conocimientos con locales y turistas. Su trabajo ha sido clave para que cada año más personas se sumen a la causa.

San Felipe celebra este año su centenario, y con él, también renace una conciencia colectiva: que el cuidado de las especies no es solo una responsabilidad gubernamental, sino una herencia compartida.

“Nuestro sueño es conservar este lugar como el acuario del mundo que alguna vez fue llamado”, señala Galindo.
Porque en cada nido protegido, en cada playa limpia, late la esperanza de una comunidad que ha decidido cuidar la vida.


